Lagrima Carmin

Foto de Asraful Alam Shovon en Unsplash

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Recuerdo los ojos cerrados, no veía nada, aún estaba adormilado. En el fondo se escuchaba ruido, mucho ruido: eran gritos, platos rotos, el rechinar de las patas de las sillas, como quien pone obstáculos al paso. Una voz gruesa de un hombre adulto gritaba, insultaba y maldecía; por otro lado, la frágil voz de una joven envuelta en llanto, rogando, suplicando… ¿por qué esa tortura? ¿Por fin llegará a su fin?

Sentía tanta impotencia, quería ir y librar a la joven de los golpes y los insultos, pero mi cuerpo no se movía. Por más que intentaba, no podía mover absolutamente ni un músculo. En cambio, con cada intento por levantarme, sentía el sueño como se apoderaba de mí, hasta que, en medio de los gritos, los golpes y el llanto, me empecé a desvanecer. Pero… esa voz… yo la conocía.

Habrán pasado unos minutos, o tal vez horas, cuando volví a despertar. Poco a poco pude ver que aquella habitación no era la mía, esa no era mi cama. Estaba en un lugar que jamás había visto, pero por alguna razón yo lo conocía; era como si lo hubiera visto en alguna película, tal vez en alguna serie o fotografía. Dentro de la habitación todo estaba oscuro, pero poco a poco mis ojos empezaban a distinguir el entorno. Fue cuando reconocí una silueta femenina: era la joven que estuvo llorando hace un momento.

Karla estaba en la esquina del cuarto, sobre una mesita, sentada abrazando sus piernas, con la cara llena de moretones y el cabello alborotado por la golpiza que le habían dado… Volteó hacia donde yo estaba, se metió a las cobijas y, tras cubrir nuestras cabezas, empezó a desnudarse. Debajo de ellas se podía ver, como si de una delgada sábana azul se tratara, Karla estaba completamente desnuda. Tomó mi mano, la puso entre sus senos y me dijo: “Haz lo que quieras con mi cuerpo, haz lo que quieras conmigo, solo demuéstrame que me amas.” Sus ojos llenos de lágrimas, la voz quebrada, el corazón agitado, latiendo tan rápido como si del pecho quisiera escapar.

Recuerdo cómo cerró los ojos e hizo un gesto como el que sabe que algo malo está a punto de suceder. Fue cuando, con mucho cuidado, pasé un brazo por debajo de su cuello mientras con el otro la abrazaba. Por alguna razón, yo tampoco tenía ropa. Decidí abrazarla con mis piernas, mientras que ella me abrazaba de la misma manera. Parecíamos dos serpientes enroscadas. Su cuerpo estaba frío; se podían sentir las heridas de los golpes recientes, tenía muchas cicatrices, marcas de constante violencia. Sin embargo, su piel aún era suave y tersa.

Le di un beso en la frente y, mientras le hacía mimos en la espalda y en la cabeza, nos miramos a los ojos y le dije: “Ya no estás sola. Ahora estamos juntos.” Tras terminar la frase sentí sus labios tocando los míos y nos dimos un beso apasionado. Fue un momento mágico; la verdad, se sentía como si el mundo hubiera desaparecido y no existiera nada más…

Fue cuando se escuchó la voz de su papá aproximándose a la habitación. Miré sus ojos y su rostro mostraba un pánico espeluznante, como si acabara de escuchar al mismo diablo, un miedo; sus ojos mostraban miedo. Fue cuando me dijo: “Bájate de la cama y escóndete, que si te ve te mata.”

En un solo movimiento me rodé a un lado de la cama y luego debajo de ella. De pronto ya tenía toda mi ropa, incluso un morral que suelo cargar en mi día a día. Ella también estaba vestida y su padre le interrogaba sobre por qué estaba en la cama cuando tenía que hacer los deberes de la casa. Cuando vi que se empezó a agachar y, tras ver su mano en el suelo, me rodé fuera de la cama y metí la mano en mi morral para sacar un cuchillo que suelo cargar. Lo tomé con fuerza y, en un movimiento rápido y contundente, lancé una puñalada. El cuchillo entró como si de una almohada de plumas se tratara. Vi la sangre deslizar lentamente por la herida; poco a poco la herida se coloreaba de carmín, y una pequeña gota de sangre se deslizaba.

Toda la escena anterior sucedió con demencia, velocidad, pero aun así dolía, dolía sentir ese pedazo de metal atravesado en mi mano. Escuché la voz de su padre decir: “¿Tú quién diablos eres?” Y solo le contesté: “Disculpe, me acaban de robar y me quitaron el móvil y mi dinero. Tiene muy poco que me mudé a esta ciudad y no conozco a nadie en esta colonia más que a Karla. Vine para que me prestara para ir al hospital, pero en eso usted llegó y me pidió que me quedara aquí para ir al hospital.”

El señor no sabía si creer o no, pero al ver mi mano llena de sangre y con el hoyo a la mitad, me dijo: “Joven, vamos al hospital, yo lo llevo.” Recuerdo que le dije: “Muchas gracias y perdone si le causé problemas, ella es una buena persona, solo quería ayudarme…” Recuerdo haber visto su cara mirando a su hija, pero no le decía nada y continuamos hasta despertar.


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Pórtate mal, cuídate bien, niégalo todo y finge demencia...
Nos leemos hasta la próxima, chao.